Claudia Delgado-Arbona
Claudia Delgado-Arbona
To read this story in English, click here.
En biología, el concepto de “natal homing” describe cómo, mediante técnicas de navegación biomagnética y olfativa, diversas especies del reino animal regresan al sitio donde ellas — o sus progenitores — nacieron. Las tortugas marinas, los peces e incluso algunas especies de aves llevan a cabo este proceso, a pesar de las enormes distancias y los largos periodos de tiempo que puedan separarlas de dicho lugar. Algunas, incluso, recurren a la navegación celeste — guiándose por las estrellas — para encontrar el camino de vuelta a casa.
Como joven latina, criada en los paisajes rurales de Wisconsin, descubrir este concepto tocó una fibra muy profunda en mi interior, trazando un vínculo que partía de mi propio ser hasta las profundidades del archipiélago donde nacieron mis padres: Puerto Rico.
Puerto Rico es un archipiélago de una belleza y biodiversidad extraordinarias, compuesto por más de 100 islas. Estas islas están unidas por una identidad que trasciende la mera condición de ser estadounidenses: la identidad Boricua — término de origen taíno (pueblo indígena de Puerto Rico) que designa a quienes mantienen un vínculo vital con la tierra. Sin embargo, debido a una nefasta combinación de factores — el abandono gubernamental, la explotación de los recursos naturales, la carencia de una infraestructura energética adecuada y el desplazamiento continuo de las comunidades — menos de un tercio de los puertorriqueños reside actualmente en Puerto Rico. La mayoría ha emigrado hacia el territorio continental de Estados Unidos, mientras que otros muchos viven en el extranjero.
En mi búsqueda personal por comprender cómo las comunidades insulares se vinculan con la naturaleza —a pesar de las amenazas entrelazadas del cambio climático y el colonialismo—, llegué a Bieke (término taíno que significa “isla pequeña”, posteriormente denominado “Vieques”); una de las muchas islas que conforman un todo mayor de Puerto Rico.
Vieques es un lugar que podría describirse como un paraíso; alberga playas espléndidas que, a su vez, sustentan una biodiversidad marina y terrestre aún más extraordinaria. Es el hogar de la bahía bioluminiscente más brillante del mundo y un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, como si estuviera suspendido en melado — esa melaza densa y dulce que se obtiene de la caña de azúcar recién cortada. Sin embargo, lo que ante los ojos de los visitantes parece un paraíso, se asienta sobre una silenciosa violencia colonial: un legado tóxico que permanece oculto tras la alegría inquebrantable de una comunidad resiliente y decidida. A lo largo de 62 años, el gobierno de los Estados Unidos detonó más de 17700 toneladas de municiones militares sobre los arrecifes de coral y los manglares más productivos de la isla; una intervención que, hasta el día de hoy, sigue restringiendo el acceso a la alimentación, la atención médica, la cultura y la educación.
El pueblo viequense ha sido históricamente desplazado de sus tierras por el gobierno y, en la actualidad, se enfrenta a la Airbnbificación: un fenómeno contemporáneo en el que el auge de
los alquileres vacacionales desplaza a las comunidades locales y eleva el costo de vida. Como dice el historiador boricua AJ Hudson, Ph.D.: “Durante siglos, las potencias mundiales moldearon los paisajes del Caribe para satisfacer sus propias necesidades, produciendo azúcar, café, ron y otros bienes de lujo, pero hoy los moldean para producir vacaciones.”
Casi toda la economía de Vieques depende de la salud de su bahía bioluminiscente y del turismo que esta genera. Se trata de un fenómeno ecológico asombroso, un producto de algas microscópicas que emiten luz para evitar ser devoradas. No obstante, esta misma fuente de ingresos actúa también como una fuerza destructiva: la contaminación lumínica provocada por el ser humano y la masificación —debida a la falta de regulación— están provocando que estas algas luminiscentes entren en un estado de letargo.
Para comprender los vínculos entre los seres humanos y la naturaleza en Vieques, pasé un mes entrevistando a personas de toda la isla. A través de conversaciones con guías turísticos, agricultores, pescadores, docentes, personal de enfermería, biólogos y varios individuos que, tras marcharse, decidieron regresar para contribuir a mejorar su tierra —jóvenes boricuas que emprendieron un viaje de retorno a sus raíces—, surgió una narrativa alternativa basada en la resiliencia y la conexión con el entorno natural. Es en esta isla donde convergen un inspirador legado de protesta popular, organización comunitaria y un saber intergeneracional dedicado al cuidado de los ecosistemas costeros. Durante este viaje en julio de 2026, tuve la alegría de salir a la bahía bioluminiscente para monitorear las algas bioluminiscentes, después de que los habitantes locales informaran haber observado cada vez menos resplandor.
Para octubre, la bahía se había sumido en la oscuridad.
Vieques está marcada por una historia compleja: despojos, desastres climáticos, un persistente abandono gubernamental y, sobre todo, la defensa de la propia comunidad —con todas sus alas, ramas, aletas y patas que la integran. Este cómic es una representación de la magia de Vieques.
Integra la biota única de la isla, el trasfondo de los abusos coloniales, los antiguos símbolos de la mitología taína, el orgullo de ser puertorriqueño y la capacidad de armonizar la ciencia y el arte para mostrar que los seres humanos y la naturaleza son inseparables. Nada de esto habría sido posible sin la generosidad de tantas personas que, con gran amabilidad, compartieron conmigo su amor por su tierra natal.
Al leer este cómic, te invito a hacer clic en los números que aparecen en cada viñeta. Esto abrirá notas al pie que te permitirán profundizar en la ciencia, la historia y la cultura que sustentan cada imagen. Si prefieres no leer las notas, simplemente avanza por las páginas usando las flechas situadas en la parte inferior. (Para quienes usan dispositivos móviles: toca el lado derecho de la pantalla para navegar por las notas).
El tiempo que pasé en Vieques despertó una semilla que permanecía dormida desde hace mucho en mi árbol genealógico puertorriqueño. Me hizo comprender que provengo del manglar: mis raíces están en el mar, mi cuerpo se sostiene sobre la tierra y mi espíritu toca el cielo, abarcando las diversas islas que nosotros, los boricuas, llamamos hogar. Espero que todos los puertorriqueños —dispersos por una galaxia de tierras distintas, pero siempre unidos por el vientre del océano— puedan regresar libremente a su origen, para que, algún día, nuestra comunidad brille con más fuerza que nunca.